
Es duro, quizá por eso no lo tenemos en cuenta, pero todos tenemos sentencia de muerte. Más duro todavía es no saber con exactitud cuándo expirará nuestro caminar en este mundo.
Así como muchos alimentos, nosotros también tenemos fecha de vencimiento. Lo negativo (o positivo), según cómo encaremos nuestra vida, es que esa fecha de vencimiento no la tenemos impresa en ninguna parte del cuerpo. No sabemos cuándo es. Pero sabemos que será alguna vez.
En una de esas, por algún mecanismo inconsciente, psíquico o de preservación, muchas veces nos olvidamos de la muerte. De nuestra muerte. Porque vos, que estás leyendo esto, te vas a morir. Y yo que lo estoy escribiendo, también me voy a morir. Es probable que alguna de las personas que te nombre a continuación, ya hayan partido. Pero…Tu papá, tu mamá, tu hermano, tu hermana, tu novia, tu novio, tu mujer, tu marido, tu hijo o tu hija, sobrina, sobrino, abuelo o nieto, tu perro… Todos en algún momento se van a morir.
Inmerso en el dolor generalizado y shockeante de la muerte de jóvenes como Romina Yan, si hay algo de positivo es que, en lo personal, me acordé de la muerte. De esa que nos va a alcanzar en algún momento. Cercano o lejano, pero seguro. Esa muerte, tan sorpresiva y traicionera, que a veces hasta le hace trampa a la famosa “ley de la vida”, donde los hijos entierran a sus padres. Y entonces, nos deja paralizados.
Por eso, pienso y medito. Y una vez más estoy convencido que no podemos desperdiciar ni un segundo de nuestra vida. No podemos vivir postergando realidades para vivir de deseos, persiguiendo ambiciones sin disfrutar lo que ya tenemos. No nos puede la vergüenza o timidez dejar atragantada una palabra de afecto. Por eso prefiero ser vulnerable y mostrar mi corazón, a morir con una coraza llena de sentimientos que nadie vio.
No podemos darnos el lujo de hacer cosas que no sentimos, sólo por hipocresía o algún interés. No es justo que veamos a la felicidad como una meta a alcanzar a futuro. La felicidad tiene que ser presente, tiene que ser diaria, tenemos que sentirla realmente en las pequeñas cosas que nos llenan el alma.
Por eso me permito emocionar, llorar. Por eso me río a carcajadas ante conocidos o desconocidos. Por eso siempre busco una palabra que genere una sonrisa. Por eso no me canso de ver el lado positivo de las cosas. Por eso disfruto tanto de un viaje como de una cena, de una salida como de una película. Por eso no me guardo ni un impulso ni un abrazo, ni un llanto ni un beso. Por eso no me creo el aplauso ni me duele la burla. Por eso no me privo de avisarle a mis amigos que quiero verlos, de decirle a mis viejos que aprecio y valoro todo lo que hicieron y hacen por mí. De demostrarle a mis hermanas que son parte de mi ser. De regalarle a mi perra ese paseo diario que tanto anhela. De decirle una y otra vez, a la mujer que amo, que la amo, la amo, y la amo. Por eso no me privo, ni siquiera, siendo las 5 de la mañana, de sentarme frente a la PC, y escribir estas líneas, para que alguien como vos las lea.
Hoy no me privo de nada, porque hoy, una vez más, la muerte me recordó la vida.
Extraído de su blog, Palabra de Locutor
1 comentarios:
HERMOSO LO QUE ESCRIBISTE Y TAMBIEN MUY TRISTE,PEO ES ASI LA VIDA Y TAMBIEN LA MUERTE.
ME PASAN MUCHAS COSAS PARECIDAS,HASTA AHORA LO QUE ME FALTA ES PODER EXPRESAR EL CARIÑO Y EL AMOR,SERA POR VERGUENZA,QUE SE YO.
DESPUES DE TODO ESTO ESPERO PÒDER REVERTIRLO.
UNA LASTIMA QUE PARA PODER DARTE CUENTA TIENEN QUE PASAR COSAS COMO ESTAS.UN SALUDO.
Publicar un comentario